Octubre, 2020


La tarea del ser político: tejer una vida compartida

Tany Giselle Fernández Guayana

Magíster en Educación y Desarrollo Humano. Especialista en Desarrollo Personal y Familiar. Licenciada en Pedagogía Infantil. tany.fernandezg@gmail.com

 

La construcción de un entre-nos, hoy día, es un tema que no sólo le compete a la educación, de hecho, es a partir de este paradigma que se intenta dar prioridad a las relaciones humanas como de forma integrar de una nación. Las relaciones entre un “yo” y un “tú”, hacen parte de ese tejido que construye otros mundos posibles de habitar, ya que, el individualismo marcado por la tendencia de algunas políticas, han incrementado el egocentrismo, dejando de lado el centro de todo desarrollo humano: el rostro del Otro. Es por eso que, para ampliar esta afirmación, se abordarán los elementos del cuidado, la alteridad, la debilidad y la comunicación como fuentes que reconocen al otro en su diversidad posibilitando el entramado de vida compartida.

 

Vivir una vida compartida, es una tarea que requiere volver la mirada a quien está al lado, así no haga parte de vínculos cercanos. El entre-nos requiere de la capacidad de asumir al extraño, de atenderlo, de cuidarlo; en sí, de acogerlo en sus diferencias y particularidades. Honnet (en Commins, 2009) se refiere a esta capacidad como el reconocimiento constante del otro, donde se afirma que cada individuo depende de la posibilidad de un reconocimiento físico, de los derechos y del estilo de vida. La atención y cuidado del otro representan entonces un papel participativo por el otro, con el otro y para un nosotros.

 

De ahí que, el papel político de los individuos queda demarcado a través del cuidado. Cuando se habla de un entre-nos, se visualizan los actores: el “yo” y el “tú”, que a pesar de ser diferentes comparten características en común (el hecho de ser seres humanos), por consiguiente, la defensa del mismo (de su dignidad), se manifiesta como un acto político. Es allí, donde la toma de decisiones se hace con el fin de promover el bienestar de los involucrados, porque cuidar, nada tiene que ver con egocentrismo, al contrario, es descentralización, un salirse de sí mismo por el “bien” del otro y de sí mismo. Son dos aquí entonces, los que salen favorecidos, no sólo el que cuida, sino quien también brinda cuidado (Commins, 2009).

 

Es así, como la construcción de una vida compartida se logra en la medida que se acoge el rostro del otro en integridad y no como un ente abstracto, de lo contrario, se seguiría dando paso a las barbaries humanas. En un tejido del entre-nos, las relaciones entre unos y otros no supone la subordinación ni cosificación, aquí, se rescata el nombre del Otro, su rostro, su voz, una voz que interpela, llama y motiva a la participación política a través del cuidado.

 

Cabe aclarar que la ética del cuidado abarca también la relación con unos “otros” que posibilitan la satisfacción de las necesidades humanas. Es así como surge la perspectiva ecofemista y ecologista, como formas de reivindicar la relación de “cuidado entre los seres humanos, los animales y la tierra” (Commins, 2009, p.117). En conjunto todos ellos, forman una comunidad, de ahí que, el acto político también se refiere al cambio de actitud arrogante a una actitud amante del mundo (Wareen en Commins, 2009), donde de manera consciente y voluntaria, se cuida a todos los seres y los entes que hacen parte de la existencia en un territorio determinado.

 

Ahora bien, además de generar conciencia y potenciar las habilidades del cuidado por el Otro, se hace necesario resignificar el término de “debilidad humana” como fuente de acogida a las diversidad(es) con quienes se comparte el mundo hoy. Según Nusbauman (2010) la familia, la escuela y los entes que se dedican a la labor de la educación, tienen la tarea de deconstruir el discurso de crianza, de formación y de la literatura que promueven la bifurcación de lo “puro” y lo “impuro” y que tiende a menospreciar o denigrar a las personas por el hecho de ser diferentes. Sí desde la infancia se discrimina al Otro por no ser igual a los demás, se promovería una comunidad tirana y perfeccionista donde las “imperfecciones” no tendrían cabida y, por tanto, los actos de poder y hegemonías harían lo que fuera por acabarlos.

 

En vez de tender a la clasificación y discriminación por las diferencias que perse tiene cada individuo, la educación, en todos su niveles y ámbitos, tiene la tarea de tender sus rumbos hacia el rescate de la “debilidad” porque a partir de ella, se generan y promueven los sentimientos de la empatía, de la compasión (porque lo que vive el otro también lo puedo vivir yo). Por consiguiente, se llevaría a cabo la construcción de un colectivo que vive de manera compartida y que se transforma socialmente (Nusbauman, 2010, p.60).

 

Por su parte, Hoyos (2010) comparte que la tarea política personal consiste “no sólo en pertenecer, sino en sostener o modificar de manera crítica, las creencias, normas y procedimientos en las actividades colectivas organizadas” (Hoyos, 2010, p.138). Al hacerse partícipe a partir de la ciudadanía, se cuida el mundo de la vida hasta el punto de “volver a sentirnos en el mundo como en casa” (Hoyos, 2010, p.170), y para ello, se requiere de la comunicación como el medio predilecto que cohesiona las subjetividades hasta el punto de lograr un tejido del entre-nos.

 

Es en esa relación entre las personas, que la comunicación abre horizontes de significados, articula ideas, valores y sentimientos. Es en esa relación entre intersubjetividades que se logra la apertura de la vía privada a la pública, permitiendo así formar asociaciones, organizaciones y redes a favor del cuidado de una comunidad. Es por medio de la comunicación que se posibilita el “entendimiento mutuo entorno a intereses compartidos a partir del reconocimiento de las visiones de vida, la historia, la religión y los valores de cada individuo” (Hoyos, 2010, p.149).

 

A partir de lo anterior, se puede concluir que para lograr un tejido del entre-nos que posibilite la vida compartida, hay que partir de la ética antes que la moral, es decir, hay que iniciar con el reconocimiento del Otro y los Otros para así establecer unos valores que se adecuen a las necesidades del contexto. A su vez, se ultimar que la vida compartida requiere de: 1. Reconocer que las personas no son un ente abstracto. 2. Deconstruir el lenguaje cotidiano que discrimina a quienes son diferentes. 3. Educar en la capacidad de sentir interés por el Otro. 4. Enseñar a la reciprocidad. 5. Formar a las personas como responsables de sus actos. De manera que, la dimensión política personal trasciende las esferas asistencialistas y reclama el papel activo de mirar al rostro del Otro a fin de reconocerle y construir con sus diferencias otros mundos posibles.

 

 

Referencias

  • Commins, I. (2009). Filosofía del cuidar. Una propuesta coeducativa para la paz. Barcelona: ICARIA EDITORIAL
  • Hoyos, G. (2010). La comunicación: la competencia ciudadana. En Ciudadanías en formación. Bogotá: Civitas Magisterio.
  • Nussbaum, M. (2010). Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. España: Kats Editores

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