EDUCACIÓN 10

El educador: un tejedor de sueños

Tany Giselle Fernández Guayana

Candidata a Magíster en Educación y Desarrollo Humano. Especialista en Desarrollo Personal y Familiar. Licenciada en Pedagogía Infantil. tany.fernandezg@gmail.com

 

 

“¿Cuál es mi sentido?, “¿cuál es mi misión?”, “¿Cómo me hallo?, consideraría, son unos de los cuestionamientos que para varios jóvenes y hasta para algunos adultos, todavía no tienen respuesta. Y es que definitivamente, la persona por naturaleza presenta una ávida búsqueda por su rumbo y su destino. En este momento de modernidad, estamos inmersos en un tiempo que avanza a pasos agigantados donde la variedad de estímulos no permiten que nos concentremos en lo que realmente importa y sin darnos cuenta, dirigen nuestra atención a cumplir exigencias para la vida actual, pero sin significado.

 

Todo ello, especialmente en los jóvenes, ha causado un impacto profundo y a pesar que no se evidencie de momento, en el transcurso de la vida, se observarán las consecuencias… Las consecuencias de una vida sin sentido.

 

Un sin sentido de la vida, hace referencia a la percepción afectiva y cognitiva (Martínez E, 2009) de la insatisfacción de la vida propia (Stork, Y, Aranguren, J, 2003), a causa de la ausencia de convicciones, valores y  la falta de motivación u orientación, así que no se sabe a dónde se va ni para qué.

 

Es aquí, donde nosotros los educadores, más allá de transmitir conocimientos para el desempeño competente, debemos ser orientadores en los “tejidos de sueños” de nuestros estudiantes. Aclaro que tejer sueños, no hace alusión a dejar listo el proyecto de vida de cada estudiante, por el contrario, somos inspiradores, nosotros somos quienes orientamos y fortalecemos aquél estambre con el que llega cada joven y a partir de éste, dejar que él mismo, de manera autónoma, logre hacer su tejido hasta culminarlo. Por esa razón, los sueños que orientamos, son de esos con los pies en la tierra, adaptados a las particularidades de cada uno de nuestros pupilos.

 

De acuerdo con algunos filósofos, existen formas para encontrar el sentido de la vida. La primera, consiste en revisar los ideales y justificarlos para ver si valen la pena. La segunda, hace referencia a llenarse de éxitos y placeres. Otros por su parte, manifiestan que el tener una tarea que ilusione extraerá todo el potencial de las personas sin importar las desventuras a las que se vea enfrentado.

 

Esta última, podría ser una de las más importantes para los estudiantes, debido a que en la medida en que se establezcan metas y se logren, mayor será la satisfacción de vivir para gozarlo. Sin embargo, no es suficiente. Para el profesor y para el joven en formación, hace falta un elemento mayor, el cual, según mi parecer, es el mejor: el amor. De acuerdo con Martínez (2009), el sentido no es sólo dirección o meta, sentimiento o emoción, lógica, significado o placer, es algo más, precisamente porque el sentido de la vida se encuentra cuando estamos dispuestos a la excentricidad: a salir de nosotros mismos para el servicio y el bien de los demás.

 

Gracias al amor filial, fraterno, de amistad, de benevolencia y de donación (Melendo, 2008; Llano, 2002) el mundo se mueve. Un amigo no podría ser amigo si no fuera por amor a su amigo (valga la redundancia), un profesor no podría serlo si no fuera por su donación a la formación de sus estudiantes. Porque el amor, no es una satisfacción propia únicamente, es una donación, un olvido propio por querer el bien del otro (Melendo, 2008)  y consiste en entregar lo que se tiene y lo quien se es (Llano, 2002). “El amor es un dar sin perder” (p.180).

 

Así que, apreciados educadores, los invito a tejer sueños orientados hacia la virtud del servicio, teniendo en cuenta lo que cada joven quiere, tiene y es. El objetivo consiste en que cada estudiante sienta que hay motivo para un despertar diario, que hay un sí a la vida, porque, como lo expresan estas maravillosas palabras (algo poéticas y filosóficas) de la novela Blanca como la nieve, Roja como la sangre de Alessandro D’Avicci: “extraer la belleza allí donde se encuentre y regalársela a quien este a mi lado. Es por eso estoy en el mundo” (p.26).

 

Bibliografía:

  • D’Avicci, A. (2010). Blanca como la Nieve, Roja como la Sangre. Barcela: Grijalbo
  • Llano, A. (2002). La vida lograda. Barcelona: Editorial Ariel
  • Melendo, T. (2008). Las ocho lecciones del amor humano. Madrid: Ediciones Rialph
  • Martínez, E. (2009). Buscando el sentido de la vida. Bogotá: Aquí y Ahora
  • Stork, Y., Aranguren J. (2003). Fundamentos de Antropología. Un manual de excelencia humana. Pamplona: EUNSA

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Universidad de La Sabana

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El educador: un tejedor de sueños
Página #3
Periódico Campus Edición 1.296
Semana del 14 al 18 de septiembre de 2015
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