EDUCACIÓN: Vocación por educar

¿Qué hay detrás de la profesión de educar? Un amor a la vida.

Fernández Guayana, T.G. & Bernal Sarmiento, F.J. (2014). ¿Qué hay detrás de la profesión de educar? Un amor a la vida. Revista Nodos y Nudos. Vol.6, N.36. pp. 117-122 www.revistas.pedagogica.edu.co

 

Hoy de manera muy especial comparto un artículo que me fue publicado en la revista científica Nodos y Nudos de la Universidad Pedagógica Nacional hace pocos años.

 

Resumen

El presente artículo, es una reflexión en torno al significado de la profesión de educar con el fin de generar conciencia a futuros educadores sobre la relevancia de la carrera. Como sustento, se realiza una descripción y reflexión crítica sobre las habilidades y virtudes humanas que posibilitan al educador ser más que un profesor. Se concluye que la profesión de educar cobra sentido cuando el docente realiza su quehacer pedagógico a partir de la entrega incondicional a sus estudiantes. La educación se convierte en una forma de felicidad que no modifica al mundo exterior, pero trasciende la calidad de la vida propia del educador y la de los educandos.

 

Palabras claves:

Educar, virtudes, persona, entrega, felicidad

 

 

Introducción

La educación, conceptualizada como acción de crear e instruir de fuera hacia dentro (educare) y acto de guiar o conducir al ser humano (educere) (Casanova, 1991), requiere de la adecuada didáctica para lograrse, sin embargo, no es suficiente, hace falta “la pasión por enseñar”. De acuerdo con las investigaciones realizadas por Day (2006), el amor por educar es el motor de toda labor pedagógica a pesar de las exigencias a las que estén expuestos los profesores, porque, cuando se ama lo que se hace, se logran sobreponer los obstáculos contagiando de vitalidad la propia existencia y la de los demás.

 

¿Cuánto hemos dedicado para terminar la carrera de licenciatura? no sería coherente que después de tanto sacrificio se ejerza la labor por un “porque sí” o por tener un “puesto bien pago”. Para los educadores se nos hace imprescindible tener una relación afectiva con la profesión. Los profesores no somos recreadores, somos educadores, que al entregarnos encontramos el sentido de nuestra propia existencia. A través de esa dadivosidad posibilitamos que los educandos, sus padres, nuestros compañeros de trabajo y la sociedad se potencien buscando su mejora continua.

 

Con los cambios que ha tenido la sociedad moderna se ha ido modificando también el significado de la profesión de educar, ahora, se le ha considerado como la rama que se dedica únicamente a la enseñanza, empero va más allá. La educación trabaja de la persona (docente) por las personas (educandos) y a partir de esa entrega, el docente logra darle sentido a su quehacer y en consecuencia, a su propia existencia. Es así como se afirma que el amor a la vida se consigue con el paso del yoísmo a la filantropía.

 

Desde esa perspectiva, la consolidación de este artículo radica en generar conciencia a futuros educadores sobre la relevancia de la profesión y la influencia que tiene el desarrollo personal en la en la misma, porque, educar trae consigo el amor, la entrega y la pasión, es decir, las bases que construyen esa felicidad tan anhelada. 

 

Para saber lo que debemos hacer, se debe hacer lo que queremos saber

Según Llano (2002), la vida cobra sentido cuando se hace aquello que se quiere saber. La vida no tiene rumbo cuando se realizan acciones sin fin alguno, por eso, en la cotidianeidad se recomienda articular un conocimiento práctico que procede de su propio ejercicio con los conocimientos y creencias que cada persona defiende (arte regio), así entonces se sabrá vivir bien (Platón, citado por Llano, 2002, p.132); en pocas palabras, la vida cobra sentido cuando se actúa coherentemente.  

 

Por parte de la rama filosofía, la vida es definida como un “arte” (Despeyroux, 2013, p.10) debido a que requiere de técnicas y saberes para seguir su curso. De acuerdo con Lorda (2006), así como “un pintor no puede pintar conociendo únicamente la teoría de los colores o haciendo trazos en un lienzo” (p.131), de igual forma sucede con el ser humano, este no puede limitarse en acumular conocimientos, también demanda actuar con el fin de potenciar ese saber que ya  adquirido. Entre mayor coherencia entre la técnica y el saber se forma la experiencia, la cual, posibilita que la persona actúe correctamente en determinadas situaciones y se vuelva “competente” (Lorda, 2006, p.19).

 

Ahora bien, ¿qué sentido tiene el hacer de la vida un arte?, la respuesta es sencilla: para saber vivir, acto que conlleva a la felicidad a pesar de las vicisitudes. Se debe aclarar que la vida no está predeterminada por una cuestión de suerte como algunas personas han de creer: “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados” (Bauman, 2011, p.8). Un hecho como lo es el de lograr la vida no puede depender del azar, tampoco de la herencia porque la existencia es inmanente y propia de cada ser, cada quien se labra esa felicidad a través de la coherencia entre actos y saberes.

 

En consecuencia, no es lo mismo que los profesores trabajemos por cumplir unos requisitos institucionales/gubernamentales a que trabajemos por pasión, haciendo lo que amamos y amando lo que hacemos. Es verdad que en la actualidad, nos enfrentamos a una serie de imperativos externos como trabajar en equipo, promover la cohesión social, dar ejemplo entre otras (Day, 2006), sin embargo, esas exigencias no deben alejarnos de la coherencia entre nuestros principios y la práctica, de ser así, cabría la posibilidad de desistir de esta profesión porque la vida misma se tornaría vana y efímera como se ejemplifica en el siguiente fragmento:

 

“En un programa titulado “ejecutividad” los docentes y la institución planificaron de cara al progreso de los estudiantes y los supervisaron de forma sistemática. Implementaron acciones generales, burocráticas y generalistas que provocaron que muchos profesores perdieran la pasión por educar con la que ingresaron a la profesión; el espacio para la espontaneidad, creatividad y para atender las necesidades imprevistas del aprendizaje de los niños se había contraído a medida que los profesores se enfocaban en alcanzar y cumplir los objetivos señalados por el gobierno” (Lyotard, 1979, p.30).

 


La entrega de un yo apasionado a la enseñanza de cada día, cada semana y cada curso escolar es una perspectiva que va más allá de enseñar. De acuerdo con Day (2006) “El hecho de tener una buena idea de qué hacer con los niños es solo el principio del trabajo de la educación” (p. 34) razón por la cual se integra lo personal con lo profesional y la mente con la emoción (2006). Lamentablemente, el trabajo docente está regido por nuestras cabezas y manos y no por el equilibrio entre sentimiento y pensamiento. En las últimas investigaciones (Ramsay, 1993; Macconi, 1993, White & Roesch, 1993; Lander, 1993; Altet, 1993) se ha detectado que los profesores que realizan su labor con fervor, producen en los estudiantes resultados positivos, especialmente en la apertura al aprendizaje, las relaciones sociales y la aplicación de los conocimientos.

  

Dado lo anterior, la educación adquiere mayor significado cuando se relacionan las acciones con los conocimientos. Para saber vivir se hace imprescindible que los educadores amemos lo que hacemos y hagamos nuestra labor para saberla amar, porque, nuestro quehacer cobra sentido cuando hacemos lo que queremos saber. 

 

La identidad de la profesión de educar

Actualmente, los profesores estamos expuestos a las exigencias del medio como atender la indisciplina, la multiculturalidad, la falta de apoyo de algunos padres, atender las consecuencias de divorcios, usar la tecnología, satisfacer a los jefes, compañeros, estudiantes y padres de una manera diferente para cada uno y por si fuera poco, atender los embates de la vida (Day, 2006; Isaacs, 2008). Con todos estos requerimientos, nuestra auténtica identidad oscila entre recreadores, cuidadores y hasta “madres”. La verdad, es que de algún modo sí ejercemos algo de esos roles, sin embargo, sólo la profesión de educar tiene a su cargo la “enseñanza con fines formativos de diversas índoles” (Diker, 1997, p.94).

 

Si bien los docentes tenemos a nuestra merced variedad de funciones, ninguna de ellas es excusa para no ejercer nuestro quehacer diligentemente. Los profesores no podemos comprometernos con un solo campo (teoría o práctica) porque estaríamos cosificando a la persona. Por el contrario, si entrelazamos acciones y saberes, lo personal y el posicionamiento ético y el quehacer en relación a unos valores (Diker, 1997) la existencia cobra sentido. Por lo tanto, los docentes debemos saber el arte, la técnica y a su vez el saber hacer, (Llano, 2002).

 

A pesar de ello, la relación entre teoría y práctica no es suficiente en la profesión de educar. De acuerdo con Isaacs (2008) los docentes requerimos alcanzar las siguientes virtudes esenciales: a) justicia: ayuda a las personas a descubrir el bien y a vivir bien para los demás. Supone unos derechos y deberes que tienen que ser atendidos; b) comprensión, concientización que cada estudiante es diferente y tiene unas particularidades que influyen en su desempeño, por tal razón se exige y se actúa de acuerdo a esas condiciones y realidades; c) optimismo: confiar razonablemente en las posibilidades y ayuda que se pueden recibir distinguiendo lo que es aprovechable para sobrepasar los obstáculos con alegría.

 

Adicionalmente, Day (2006) menciona que los profesores debemos potenciar unas dimensiones que nos son particulares: a) compromiso: dedicación intensiva que el educador tiene hasta el punto de sentir la necesidad de prestar atención a la propia formación continua. b) continuo aprendizaje: adaptación y avance en circunstancias cambiantes para aprender nuevas tendencias en la educación; c) apoyo mutuo: colaboración material y emocional para trabajar con otros; d) eficacia: capacidad de mejorar la vida de los estudiantes a través de la práctica y el currículo oculto; e) reflexión crítica: analizar el propio ejercicio profesional en busca de una mejora para la próxima intervención.

 

Dado lo anterior, se puede concluir que la identidad de la profesión de educar es enriquecida cuando se relaciona el ser con los saberes y las acciones que se realizan. Así entonces, el profesor puede actuar prudente y coherentemente frente a una realidad específica. Gracias a ello, el docente puede desenvolverse eficazmente en la vida escolar poniendo en práctica sus virtudes: el compromiso, la entrega, el optimismo, la justicia, la reflexión, la comprensión y el aprendizaje continuo para luego entregarse fielmente a sus estudiante, carácter particular que da sentido a su profesión, su propia vida. 

 

Conclusión

Es así entonces como se afirma que: el amor a la vida se consigue con el paso del yoísmo a la filantropía, porque los educadores conseguimos nuestra plena gratificación abriéndonos hacia los educandos. Cuando los nos entregamos sin importar las vicisitudes de la vida, estamos compartiéndonos en totalidad por el del bien del otro. Gracias a esa donación, los maestros podemos amar y encontrar la verdad para actuar sabiamente en la vida escolar y personal. Con la entrega estamos compartiendo nuestra esencia, experiencias, virtudes y nuestra miseria posibilitando una retroalimentación para potenciar habilidades y mejorar nuestro ser; gracias a esa interacción mutua cotidiana entre docentes y estudiantes la comunidad educativa logra ser: justa, comprensiva, optimista, comprometido, colaboradora, motivada, reflexiva y amante de la vida.

 

Con el paso del yoísmo a la filantropía la educación va mucho más allá del simple hecho de enseñar, a causa de la incidencia directa del docente en las personas. Hay que recordar que si los profesores no trabajamos por ser personas se nos dificultará formar persona. De manera que, se hace ineludible que los profesionales de la educación realicemos el “arte regio” y “gastemos el tiempo” cultivando hábitos positivos acordes a nuestra naturaleza con el fin de transmitirlos a través del ejemplo y el currículo oculto.

 

Así mismo, debemos conocernos a nosotros mismos, sufrir por amor, motivar y ser motivados, de ésta manera, la vida dentro y fuera del escenario pedagógico cobrará sentido en cuanto relacionemos lo personal-profesional y lo metal-emocional y nos permitamos trascender el acto educativo hacia la propia nuestra propia existencia. El vivir bien entonces, requiere del desarrollo interior de cada docente y la donación incondicional a quienes ofrecemos nuestro servicio, los educandos, y es en ese momento donde los profesionales de la educación seremos plenamente felices, amantes de la vida y libres.

 

Bibliografía

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  • Casanova, E.M. (1991). Las Ciencias de la Educación. Navarra: Librería del Seminario.
  • Day, C. (2006). Pasión por enseñar: La identidad personal y profesional del docente y sus valores. Madrid: Narcea S.A. Ediciones.
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  • White, J.J & Roesch, M. (2000). Listening to the Voices of Teachers: Examining Connections Between Student Performance, Quality of Teaching and Educational Policies in Seven Fairfax Country (VA) Elementary and Middle Public Schools. USA: University of Maryland.

Consulta el artículo en:

 

Revista Nodos y Nudos

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¿Qué hay detrás de la profesión de educar? Un amor a la vida
Publicado en Junio del 2014
Revista Nodos y Nudos
Volumen 6
Número 36
Página 117-122
Qué hay detrás de la profesión de educar
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